viernes, 5 de agosto de 2016

Poema sin título de Carlos Alberto Diaz Lopez



Los poetas no somos juguetes del tiempo
somos jinetes de las horas y de las soledades.
Los poetas no somos seres extraños
somos un ADN en vía de extinción.
Los poetas no somos hijos de espectáculos
somos la esencia de antiguos rituales.
Los poetas no somos fogatas del olvido
somos la llama que habita en la fe perdida.
Los poetas no somos fragmentos de miseria
somos un cúmulo de fértiles esperanzas.
Los poetas no somos esclavos de las palabras
somos sus más fieles y humildes aliados.


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2 comentarios:

  1. Poemas por Carlos Mario Garcés Toro

    Mónica la bella
    Tuve la fuerza de la belleza que poco a poco fueron limando
    el bar y las horas de trabajo.
    Por mi atractiva figura pude elegir con quiénes iba a la cama.
    Pero Fabio fue mi único amor.
    Lo mataron con otros la noche que robaban en
    el almacén eléctrico de Carabobo con Juanambú.
    Durante largo tiempo me pareció verlo que llegaba en la noche,
    vestido con su pantalón blanco (que tanto me gustaba),
    su barba bien afeitada,
    y entraba a la sala donde las muchachas esperábamos.
    Ahora que estoy vieja y sola
    (hijos no tuve),
    acostumbro entrar en la tienda de licores
    que queda detrás de la iglesia de La Veracruz,
    donde las coquetas intentan atraer a los transeúntes
    con sus caderas pálidas y sus ojeras de caballo.
    Dibujo frente al espejo con el lápiz la raya de mis cejas
    y salgo a la calle. La misma calle Boyacá
    donde ya nadie me recuerda.
    Tres cuadras abajo
    hace más de cuarenta años yo era la reina.
    Los amigos con los que me gustaría hablar ya están muertos



    BARRIO PALERMO DE ITAGUI

    Hoy he vuelto al viejo barrio Palermo de Itagüí
    y me he detenido frente a la casa de Ricardo.
    Lo vi en el segundo piso.
    Está calvo y flaco.
    La última vez que lo vi fue hace más de treinta años,
    cuando apostábamos carreras con las salamandras
    y nos bañábamos en la otra orilla del río.
    Me han contado que está sólo y no se ha casado.
    A su padre se lo llevó la muerte, y a su hermana Oneida
    nadie volvió a verla después de lo del vicio, pero sus piernas brillosas
    continúan intactas en mi memoria.
    El muro donde nos sentábamos a contar historias
    permanece allí solitario.
    En la casa del “ojo e vaca” vive otra gente,
    y en el segundo piso ya no se asoman las Durango, en especial Amanda.
    Augusto se mató al caer de una bicicleta y golpearse la cabeza;
    en vida, nadie fue capaz de ganarle volteando la mano al pulso
    en las escaleras de su casa, en donde además jugábamos todas las noches
    “Hágase Rico” (un juego con dados y fichas).
    El teatro Caribe fue cerrado para siempre,
    pero sé que muchos de nosotros volvemos a él
    los domingos en la mañana.
    Los santandereanos se fueron con el circo.
    En la casa de la esquina donde escuchábamos radionovelas en las noches
    (El Gavilán Colorado y El Código del Terror),
    y donde murió mi abuela, hoy funciona una fábrica de calzado.
    El tejar donde jugábamos a las escondidas
    detrás de los grandes aparadores de tejas y ladrillos,
    se convirtió en un parque de diversiones,
    y nadie puede dar razón del gato gris que vivía allí
    y arqueaba su lomo por entre los adobes y tejas de barro.
    De mí, quién diría que terminaría urdiendo palabras y mirando al cielo,
    y comprendiendo que con el tiempo todo es una elegía,
    pero que a pesar de su dolor volvería a vivirla
    con igual pasión y sentimiento.
    Hoy, al ver a Ricardo, las calles y las casas y los árboles
    me llenaron de una amorosa y terrible emoción.

    XI
    Narciso se mira en el espejo del agua
    que lindo es Narciso
    con sus miles de cabezas
    que se mueven pegadas al mismo cuello,
    todas hablan y no difieren,
    todas cantan en coro
    versos lúcidos y racionales.
    Narciso canta
    con sus miles de cabezas
    pegadas a su cuello
    la canción de la experiencia
    que las conduce mansamente
    a la uniformidad en el espejo del agua.





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  2. Luz Elena Bedoya


    A.. mi Cuerpo

    Mis manos son las mismas de ayer

    pero hoy no las reconzco, por mas que lo intente,

    ahora son manos nuevas en un hoy incierto,

    Miro mi cuerpo desnudo y me da la sensación de que

    no es mi cuerpo, mis ojos ven un completo extraño,

    que ha caminado con migo por toda una vida,

    callado y sin protestar, regalandome sus mas placenteras

    emociones y rebosante de una inmensa salud,

    Solo puedo decir en medio de la luz tenue,

    Gracias cuerpo mio, o mas bien, alquilado para esta existencia.

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